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El cuerpo guarda emociones: por qué moverse ayuda a soltar el estrés

Confesiones de una mujer que tardó demasiado en entender que moverse no era una deuda. Era un camino.


El cuerpo guarda emociones: por qué moverse ayuda a soltar el estrés

El cuerpo guarda emociones: por qué moverse ayuda a soltar el estrés - Créditos: Getty



Durante años nos vendieron el movimiento como herramienta de control.

Para el cuerpo ideal. Para compensar lo que comiste. Para merecer el descanso.

Ese enfoque no solo es agotador.

Es el que más abandono genera.

Porque cuando moverse se siente como castigo, el cuerpo lo rechaza.

Y tiene toda la razón.

Hubo un tiempo en el que yo creía que moverse era una cuestión de calorías.

De rendimiento.

De resultados en el espejo.

Entrenaba cuando me sentía bien y dejaba de entrenar cuando no.

Lógico, ¿no?

 

Pero con el tiempo me fui dando cuenta de algo que nadie me había explicado así de claro:

El cuerpo no es solo el lugar donde vivimos. Es el lugar donde guardamos todo lo que nos pasa.

El enojo que no dijiste.

La tristeza que ocultaste.

La tensión de ese día que "ya pasó" pero que sigue ahí, en los hombros, en la mandíbula, en el pecho.

Y moverse, entonces, no es solo quemar calorías.

Es soltar lo que el cuerpo carga.

El cuerpo guarda lo que la mente no procesa

Cuando algo nos afecta emocionalmente y no lo elaboramos — porque no tenemos tiempo, porque no queremos sentirlo, porque aprendimos a seguir fingiendo demencia — el cuerpo lo registra igual.

No desaparece.

Se aloja.

Tensión en el cuello después de una semana difícil.

Pesadez en el pecho cuando algo no se resolvió.

La mandíbula apretada sin saber bien por qué.

Las piernas que pesan aunque no hayas hecho ningún esfuerzo físico.

No es casualidad.

El estrés, la angustia, el miedo y la sobrecarga se acumulan en el cuerpo de formas muy concretas.

Y la mayoría de las veces intentamos resolver eso con la cabeza: analizando, justificando, hablando.

Pero el cuerpo necesita otra cosa.

Necesita moverse.

Tres señales de que tu cuerpo está cargando más de lo que creés

1. Tensión que no tiene explicación física

Cuello, hombros, mandíbula, espalda baja. Sin haber hecho esfuerzo. Sin haber dormido mal.

Eso es el cuerpo sosteniendo lo que no pudo soltar.

2. Cansancio que no se va con descanso

Dormís. Descansas. Y seguís igual.

Cuando el agotamiento es emocional, el reposo físico no alcanza.

El cuerpo necesita movimiento para regular el sistema nervioso, no solo quietud.

3. Ganas de nada

Apatía. Todo te cuesta el doble. El cuerpo está quieto pero la cabeza no para.

Muchas veces ese "no tengo ganas de nada" es una señal de que hay demasiado acumulado y el sistema colapsó.

Mínimo movimiento — una caminata, estirarse, bailar una canción — puede cambiar todo el estado.

Moverse no es castigo: es la forma más directa de volver a vos

Hay algo que nadie nos dijo así de claro:

El movimiento no es una deuda. Es la salida que el cuerpo tiene para procesar lo que la mente no termina de resolver.

No estoy hablando de entrenar fuerte.

En estos casos a lo que me refiero es a:

Una caminata después de una conversación difícil.

Bailar sola en la cocina cuando todo pesa demasiado.

Estirarse lento cuando la mandíbula lleva horas apretada.

Sacudir los brazos, soltar el aire, moverse aunque sea un minuto.        

Un buen “que me importa” soltando los hombros y los brazos.

No es gimnasia.

Es regulación.

Es cuidado.

Es volverte a habitar.

Es escucharte.

Tres microprácticas para empezar hoy

1. El movimiento de descarga (2 minutos)

Cuando estés tensa, agotada o con la cabeza llena:

Sacudí las manos, los brazos, los hombros. Como si te estuvieras sacando agua.

Respirá profundo. Soltá el aire con sonido si podés.

Parece ridículo. Funciona espectacular.

2. La caminata sin agenda

Sin podcast. Sin lista de cosas que resolver en la cabeza.

Solo caminar y notar: cómo está el cuerpo, dónde hay tensión, qué aparece cuando no hay estímulo.

Diez minutos alcanzan para cambiar el estado interno.

3. La pregunta antes de moverse

En vez de: "¿Tengo ganas?"

Probá: "¿Qué necesita mi cuerpo ahora?"

Fuerza, movimiento suave, estiramiento, aire.

Esa pregunta cambia la relación con el movimiento de raíz.

Cuando empezás a moverte para soltar, todo cambia

No se trata de entrenar más.

Se trata de entender para qué moverte.

Cuando el movimiento deja de ser una obligación y se convierte en una herramienta de conexión, algo se ordena:

Menos tensión acumulada.

Más claridad.

Mejor ánimo sin saber exactamente por qué.

Una relación más amable con el propio cuerpo.

El cuerpo no guarda cosas para hacernos la vida difícil.

Las guarda porque no encontró cómo soltarlas.

Y el movimiento, muchas veces, es exactamente eso: la salida que el cuerpo estaba esperando.

¿Hay algo que sentís que tu cuerpo está cargando hace tiempo? 

A veces nombrarlo ya es el primer movimiento.

Podés seguir leyendo y profundizando en estas ideas, en mi libro Tu Cuerpo habla. Una brújula para dejar de pelearte con tu cuerpo y empezar a escucharlo de verdad (Lea).

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