
Noelia Castillo Ramos, la joven que accedió a la eutanasia y puso el foco en la salud mental
La muerte de la joven Noelia Castillo Ramos vuelve a abrir el debate sobre la eutanasia y pone el foco en un tema clave: el dolor emocional y el lugar de la salud mental en decisiones extremas.
27 de marzo de 2026 • 11:21

Noelia Castillo Ramos, la joven que accedió a la eutanasia y puso el foco en la salud mental - Créditos: Archivo LN
El caso de Noelia Castillo Ramos, la persona más joven en acceder a la eutanasia —quien falleció el 26 de marzo— vuelve a poner sobre la mesa una conversación incómoda, pero urgente: ¿qué entendemos por dolor? ¿Y qué lugar ocupa la salud mental en decisiones tan profundas como elegir morir?
Durante años, el debate estuvo centrado en el dolor físico: enfermedades terminales, diagnósticos irreversibles, deterioro del cuerpo. Pero hay un tipo de sufrimiento que no siempre entra en las estadísticas ni en los protocolos. El que no se ve. El que no siempre se puede nombrar. El que, muchas veces, se aprende a esconder.
Dolor físico vs. dolor emocional: lo visible y lo invisible

Noelia Castillo Ramos, la joven que accedió a la eutanasia y puso el foco en la salud mental - Créditos: Archivo LN
“El dolor físico tiene parámetros claros: puede medirse, observarse, describirse. Tiene un lenguaje compartido”, explica Verónica Jaroslavsky, coach ontológico familiar (@verocoach.ok). El dolor emocional, en cambio, es profundamente subjetivo. No siempre deja huellas visibles, pero puede volverse igual —o incluso más— incapacitante. Ansiedad, depresión, trauma, vacío o desesperanza son estados que no necesariamente gritan, pero que desgastan en silencio.
“Muchas veces, el dolor emocional queda invisibilizado porque no tiene pruebas concretas. Pero eso no lo hace menos real”, suma Jaroslavsky.
¿Qué pasa cuando vivir empieza a doler más que morir?
Reducir el sufrimiento a lo físico es simplificar la experiencia humana. La salud mental no es un complemento: es parte constitutiva del bienestar.
Según la especialista, personas atravesadas por traumas, duelos no elaborados o estados depresivos pueden experimentar un dolor persistente que se percibe como sin salida. “No siempre se trata de querer morir, sino de no encontrar otra forma de dejar de sufrir”, señala.
Decisiones extremas: entre la autonomía y el sufrimiento
Cuando alguien toma una decisión extrema, solemos mirarla desde afuera como una elección. Pero esa elección ocurre dentro de un estado emocional.
“El trauma puede alterar la percepción de uno mismo y del futuro, y la depresión puede achicar el horizonte hasta hacerlo casi inexistente”, explica Jaroslavsky. En ese contexto, la pregunta deja de ser solo si una persona puede decidir y pasa a ser desde dónde está decidiendo.
Evaluar la capacidad de decidir implica considerar no solo la claridad cognitiva, sino también la estabilidad emocional, la presencia de alternativas reales y el acceso a redes de apoyo. “La autonomía no puede pensarse aislada del contexto psíquico”, enfatiza.
Adolescencia: cuando el dolor todavía no tiene palabras
Si hay una etapa donde el dolor emocional puede intensificarse y volverse más difícil de nombrar, es la adolescencia. No porque se sufra más, sino porque todo se está construyendo al mismo tiempo: identidad, pertenencia, autonomía y mirada social.
“El malestar muchas veces no aparece en palabras, sino en conductas”, advierte Jaroslavsky. Irritabilidad, aislamiento, desmotivación, cambios bruscos o conductas de riesgo pueden ser formas de expresión de ese dolor.
Y ahí es cuando los adultos pueden confundirse: minimizar, corregir o intentar explicar rápidamente lo que sucede. “Cuando en realidad lo primero que se necesita es alojar”, agrega.
Acompañar: el desafío de estar disponibles de verdad
Acompañar no es invadir, ni tampoco controlar. Es estar disponibles emocionalmente. “Implica generar espacios donde hablar no signifique ser juzgado o corregido de inmediato”, explica la especialista. También supone escuchar sin la urgencia de tener una respuesta y validar lo que el otro siente sin dramatizar, pero tampoco minimizar.
Y, sobre todo, implica poder pedir ayuda a tiempo. Porque la salud mental no debería ser un último recurso, sino una red de cuidado.
Cuando el dolor no se dice, se actúa
Muchos adolescentes no pueden poner en palabras lo que les pasa. Entonces lo actúan.
“Detrás de muchas conductas hay una pregunta silenciosa: si hay alguien que pueda ver lo que me pasa, incluso cuando no sé cómo decirlo”, señala Jaroslavsky.
Una conversación que nos incluye a todos
La muerte de Noelia Castillo Ramos no debería leerse solo como un caso individual, sino como una oportunidad colectiva de reflexión.
No sobre una decisión puntual, sino sobre todo lo que sucede antes: los dolores que no vemos, los silencios que no sabemos escuchar, las señales que a veces llegan y no terminamos de registrar.
Porque, como concluye Jaroslavsky, “acompañar no es evitar el sufrimiento, sino no dejar a alguien solo dentro de él”.
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