

Luna de miel slow en Italia: dos meses viajando a ritmo lento por el país de la pasta - Créditos: Sofía Smolar
“¿Qué son dos meses en una pareja que se compromete a estar juntos para toda la vida?”. Nos preguntamos esto cuando, con mucha incertidumbre, decidimos tener una lenta y pausada luna de miel en el país de la pasta. Nuestra idealización no era una foto nuestra besándonos frente al mar, sino la imagen de una nonna italiana preparando su propia mermelada.
Luna de miel suena a un tiempo rápido. Algo corto, efímero. Efectivamente, en mi búsqueda sobre la etimología del término, encontré que se refiere a ese shot inmediato de dulzura que en el siglo XX se consolidó como un viaje corto para desconectarse apenas pasada la fiesta de bodas. En muchas ocasiones, al día siguiente. Todos tenemos la imagen cinematográfica del auto descapotable, las latas arrastrándose en el asfalto y una chapa donde se lee “recién casados”. Pero nosotros queríamos algo distinto. Algo largo y lento.
En búsqueda del destino perfecto

Escapada a Florencia, Italia - Créditos: Sofía Smolar
Nos tomamos un tiempo para pensar la luna de miel. No hablamos del tema en la previa del casamiento. Nuestros amigos nos preguntaban y contestábamos: “No sabemos todavía, no estamos seguros”. Y en un fin de semana cualquiera los dos empezamos a imaginar lo que queríamos para esa primera aventura de casados. Teníamos esta imagen de película italiana en la cabeza: despertar en una mañana tranquila —entre campos o vistas al mar— donde vive una nonna, o un nonno, que cocine pasta casera o que produzca su propio aceite de oliva.
En ese research que hice sobre la luna de miel, también leí que durante la Inglaterra victoriana el viaje nupcial era para visitar familiares que no habían podido asistir a la fiesta. No tengo familiares vivos en Italia, pero sí parte de mis raíces maternas son oriundas del sur del país. No fue esta la razón de por qué elegimos finalmente Italia, pero, habiendo terminado el viaje, puedo decir que se sintió algo así: una visita a personas desconocidas que se volvieron parte de nuestra historia.

Sofía y Pablo en Florencia - Créditos: Sofía Smolar
Viajar lento no podía ser ni en una semana ni en dos, ni siquiera en un mes. “Que sean dos meses”, arriesgamos. Dos meses en Italia, el país que, en nuestro imaginario, nos permitía ir lento. Nos propusimos eso: vivir en algunas casas de nonnas, probar esos aceites de oliva, despertarnos varias mañanas entre olivos, conociendo las historias de esa gente que nos hospeda. Queríamos que nada nos pasara desapercibido.
Obviamente, tuvimos muchas dudas al principio. ¿Qué onda con el trabajo? ¿Nos comemos los ahorros? Básicamente, la pregunta era una: ¿cómo hacer, en esta vorágine en la que vivimos, para tomarnos dos meses de luna de miel? Pero en lo largo que asume ser un matrimonio en principio, dos meses no parece tanto al lado del conocido “para toda la vida”. Así que lo planeamos, ahorramos, nos acomodamos y pudimos lograrlo. Tuvimos que trabajar a distancia por momentos, y también eso se volvió parte de la experiencia.
Puglia: el inicio de la aventura
Empezamos por Puglia, específicamente en Vieste. Al norte de la región, es la ciudad menos visitada de la zona por el turismo internacional. Está frente al mar y rodeada del Parque Nacional Gargano, lo cual la hace intensamente natural y, a la vez, muy local por la distancia a la que está ubicada respecto de las rutas principales. En esa ciudad marítima de calles angostas y en altura, una vez al año se festeja la semana del amor. Sin saberlo, paramos esos días ahí: ¡en la semana del amor! Una casualidad demasiado romántica para mi gusto, pero en esta idea de vivirlo todo, me entregué también a los shows en la calle. Nos sacamos fotos con corazones. Bailamos rodeados de parejas que parecían estar casadas desde hacía bastante más tiempo que nosotros.
Desde Vieste, hicimos el recorrido más típico por Puglia: Monopoli, Gagliano di Capo, Arbarobello, Locorotondo, Ostuni, Otranto, Lecche, Gallipoli y, finalmente, Matera. En esta región sureste de Italia, lo más mágico es hospedarse en lugares alejados de la ciudad vieja. Si bien es un destino menos turístico que la costa amalfitana, los caminos para salir de la ciudad suelen tener un encanto verdadero. Como si realmente estuvieras entrando en la vida de la gente. En Ostuni nos recibió una pareja en su casa, ubicada en medio de una campiña a 17 minutos de la ciudad. Una italiana y una francesa que en las mañanas nos preparaban el desayuno en una bandeja marroquí. “Su forma de hablar nos hace acordar al papa”, nos dijeron. “Lo extrañamos al papa Francisco, muchísimo”, las dos asintieron con algo de melancolía. En algunos lugares, el símbolo es Maradona; en otros, el recuerdo del papa, pero siempre hay alguna referencia argentina en Italia.
Viajar y aprender
En su mayoría, casi todos los habitantes de Puglia producen oliva, cosechan o producen algún alimento. En nuestro imaginario también queríamos meternos en pueblos menos concentrados y buscar alguna experiencia de aprendizaje. Nos escabullimos en un pequeño pueblo llamado Matino, donde viven no más de 10.000 habitantes. Llegamos a través de Internet a una casa real del 1700, donde una familia local nos enseñó a hacer a mano el primi formaggio, la mozzarella y la ricota.
Tenemos esta idea de que la eterna sobremesa es cosa argenta, pero lo cierto es que a Matino llegamos a las once de la mañana y nos fuimos a las cuatro de la tarde, con algunas copas de vino encima, mucho queso y pasta fatta a mano. Para que tomes dimensión de lo alejado que puede estar un ser humano en esta zona, el padre de la familia no conocía a Messi. No sabía quién era. No se me ocurre nada más pausado que no haber nunca escuchado nombrar a Messi. “Non lo so, non lo so, ascolto solo musica alla radio”. Él solo escuchaba música en la radio.
Catania y Sicilia
Dejamos Puglia para cruzar por el sur de la bota en el mapa, visitamos unos días Catania. Pero queríamos llegar a un lugar: Sicilia. En Castellammare del Golfo nos esperaba Giuseppe, en una casa frente al mar. En este pequeño pueblo de veraneo italiano comimos la pasta con mariscos más rica del viaje. La recomendación es hacerlo en el Ristorante Petrolo (@petrolo_ristorante), trabajado por una familia que tiene la mejor review de la zona. La madre organiza, el hijo atiende, el padre cocina. Un lugar en el que nos dejaron quedarnos en las mesas cuando habían cerrado para ir a dormir la siesta. Italia tiene eso en todos lados: un uso del espacio que te hace sentir que todo es de todos.
Por ejemplo, cierran los lugares y las mesas y las sillas quedan ahí para usar; en los museos, los parques no están cercados para “no estropear el pasto”, por el contrario, dejan que la gente los use, los pise, se acueste ahí; los pasadizos para entrar a las ciudades viejas no cierran después de una hora, sino que quedan abiertos toda la noche. Las casas que en una época medieval eran una cosa hoy se mantienen igual, como espacios para que músicos o artistas se puedan mostrar. Todo tiene esta intervención humana. Larga, lenta, usada.
El plan del no plan

En Italia se respira historia: podés hospedarte en pueblos medievales y vivir con la simpleza de otros tiempos. - Créditos: Sofía Smolar
Se cumplían los primeros 25 días de viaje y hasta ahí teníamos planeado. El resto era todo incertidumbre. En algún momento, pensamos en definirlo con anticipación por miedo a quedarnos sin hospedaje o sin ideas, pero lo dejamos abierto. “Que Italia nos vaya guiando”, decidimos. Escribiendo esta nota y con el famoso diario del lunes, confirmo que esta fue la mejor decisión. Esa segunda mitad del viaje sin destino era nuestra verdadera apuesta. Sabíamos que queríamos estar lo suficientemente cerca de una ciudad para ir a algún concierto o tener un lugar de paseo, pero lo suficientemente lejos de la ciudad para no perder el ritmo pausado que habíamos conseguido.
Queríamos un lugar que nos hiciera sentir locales, con esa sensación de que estábamos viviendo ahí y no estábamos de paso. Si nos íbamos hacia el norte, dejábamos la playa, y si nos quedábamos en el sur, posiblemente perdiéramos esa búsqueda cultural. En el medio de estos dos mundos encontramos, entre varias propuestas en Internet, el concepto del “agriturismo italiano” en la zona de Lucca. Puntualmente, dimos con una casa construida sobre una fábrica de aceite de oliva, ubicada en medio de Pieve di Compito, a 15 minutos de la ciudad de Lucca.
Con el miedo que genera arriesgar, la reservamos y durante casi un mes nos instalamos en la que sería la casa más importante de nuestro viaje. Rodeados de árboles de caqui, plantas de vid, árboles de olivos, romero y albahaca que usamos para cocinar, logramos vivir esa imagen que fuimos a buscar: por la mañana, en medio del campo, la nonna salía al patio a sacar las hojas, se sentaba en su silla a mirar, pasábamos nosotros volviendo de comprar el pan y nos saludaba con su propio cántico: “¡Ciao! ¡Buongiorno!”.
¿Qué es lo que hizo nuestra luna de miel particularmente lenta? Finalmente, creo que no fueron los días, ni los planes, ni los hospedajes. Fue que nunca se sintió como un viaje que empieza y termina, sino como la vida que queremos vivir.
Dormir en casas de familias

Una familia de Matino les enseñó a hacer ricota casera. - Créditos: Sofía Smolar
Para buscar hospedaje en casas de familias en Italia, Airbnb y HomeStay son ideales para encontrar opciones. Las plataformas también guían muy bien a los hosts a presentarse y mostrar “su esencia”.
¿Dónde si hacerlo y dónde no? Para nosotros era esencial que no fuera en zonas muy pobladas. Por ejemplo, Ostuni sabíamos que era una ciudad muy turística y decidimos buscar a las afueras, lo que nos permitía también estar más cerca de la reserva natural que daba a la playa. Encontramos una habitación en la casa de Monica & Fred que se definian como “amantes de la naturaleza, la cocina y la buena música”. Les escribimos contándoles nuestra historia de luna de miel (para quedarse en una habitación de una familia es clave tomarse el tiempo de escribirles tu situación y tu expectativa). Miramos las reviews para entender la experiencia y era exactamente lo que buscabamos.
A veces tenemos la idea de que hospedarse en una casa familiar puede ser invasivo. Creo que es un mito y es clave entender que esas personas lo ven como parte de su negocio. La experiencia es más compartida, pero no por eso invasiva. En este caso y en la mayoría de los casos, estas casas están preparadas incluso para tener ingresos independientes entre los hosts y los huéspedes.

Escapada en Florencia - Créditos: Sofía Smolar
Vivir la experiencia de “Agriturismo”
¿Qué es y dónde lo hicimos? Hacia el norte de Italia, los hospedajes se vuelven un poco más costosos y hay menos opciones alternativas. Sin embargo, con la ayuda de Chatgpt, dimos con el concepto de Agriturismo en Italia, que consiste en experiencias de hospedaje en un ambiente de trabajo agrícola. Encontramos a través de Airbnb una casa que solo tenía un review, pero en su descripción se podía ver el increíble proyecto detrás. Nos pusimos en contacto para entender mejor la propuesta y decidimos descubrirlo.
El sitio es https://www.agriturismodulu.it/ y está liderado por Paola y su marido. En la casa de dos pisos, abajo se encuentra el área de trabajo y arriba nuestra casa. Se encuentra a 15 minutos en auto de la ciudad de Lucca, en Pieve di Compito, y todas las compras de comida se resuelven por la zona: sobre la ruta principal hay varias cooperativas de frutas, verduras, conservas, fiambres y carnes. Nosotros comprábamos todo en Il Frantoio Sociale.
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